Las aventuras "confidenciales" de José Mateos*, ex estrella del rock.
[Acceda
aquí al índice con todas "las aventuras" anteriores]
He regresado a mi trabajo cuando ya me daban por perdido. Y estaba perdido. Llevo meses buscando una razón para mantener abierto este negocio. Como no la he encontrado, he vuelto. Esta mañana me ha llamado Jazmín, mi nueva secretaria, para advertirme que tengo hoy una cita importante. Al menos, mi regreso no será descafeinado. Después de tantos meses asesorando a decenas de famosos sobre cómo sacar mayor partido a su vida artística, estoy preparado para cualquier cosa. Por mi despacho han pasado personajes de muy diversa procedencia, con una sola cosa en común: la fama. Y la gran mayoría, con otra cosa en común: la estupidez. Tal vez hoy rompamos la racha de millonarios paranoicos y enajenados. O no.
Nada más entrar en mi despacho, un susto de muerte. Hay un macetero gigante y especial. Gigante porque mide más de un metro, y especial, porque tiene piernas y brazos. Y porque está sentado en mi mesa. De lo alto del macetero brotan pelos de colores, rubios y rosas.
El macetero se ha girado hacia mí y me ha exigido silencio.
- Sssh… dice que necesita concentrarse - añade Jazmín antes de darme tiempo a abrir la boca.
- Jazmín, ¿podrías explicarme qué es éste macetero y qué hace en mi despacho? - he preguntado, incrédulo.
- Es la cita de hoy, señor. – dice, levantando los hombros como si no fuera con ella.
- Disculpa, hermosa, pero me niego a hacer terapia con un macetero. Si fuera capaz de hacerlo, sería yo el que iría en busca de una terapia… psiquiátrica.
- Señor, no es un macetero –ha interrumpido Jazmín, con esa voz tan dulce que emplea en las grandes ocasiones-. Es Lady Gaga.
Al oír su nombre, el macetero ha abandonado su extraña meditación oriental y ha intervenido, con gran amabilidad -imagino que sabrán beberse esta fina ironía a mi salud-.
- Niña, ¡a la calle! - ha imperado el macetero apuntando a Jazmín con un guante metalizado como los de la Guerra de las Galaxias.
- ¡Un respeto a mi secretaria! - he balbuceado, asustado por los modales de mi cliente.
- Niña, ¡he dicho que a la calle! - ha insistido, desafiando mi autoridad.
Y la niña se ha ido a la calle. Mi autoridad por los suelos. Solos los dos, me suda la nuez. El macetero se ha girado del todo y ha elevado su rostro. Sobre sus ojos, un antifaz del mismo color que la flores que coronan su extraño atuendo. Me he acercado a la mesa, examinando detenidamente a mi cliente, que esconde una nueva sorpresa en cada ángulo: amuletos colgando, flores, dólares pegados a los codos y un sinfín de extravagancias cada cual más pintoresca. Me ha sorprendido especialmente, la pantalla digital que lleva instalada en el cogote, que permite reproducir sus mejores videoclips. No me he atrevido a tocarla, por si acaso.
- Así que es usted la señorita Gaga. - he comentado para romper el hielo.
- Oiga, no vuelva a llamarme “señorita Gaga” - ha exclamado amenazante.
- Disculpe, ¿cómo quiere que la llame?
- Lady Gagá, por supuesto. La diva de las divas.- ha razonado, regalándome una sonrisa breve, muy breve, un tanto enigmática.
La diva de las divas se ha levantado, ha abierto mi mueble bar y se ha servido una Coca Cola con Fanta de Naranja y unas gotitas de zumo de piña en un vaso bajo con unas piezas de hielo. No me ha dado tiempo a reaccionar.
- Oigagagaga... - he tratado de sobreponerme y me he atragantado torpemente.
- ¿Eh? - ha exclamado, levantando la vista de su vaso bajo.
- Oigagagagaga... - he vuelto a intentar alzar la voz y he vuelto a engancharme en el tragaleguas.
- ¿Qué dices, tío? ¿No sabes hablar? - me ha preguntado con sorna.
- Oye, Gagá -por fin-. Te diré algo: desconozco tus costumbres y caprichos, pero aquí está prohibido abrir el mueble bar para beber cochinadas propias de fiestas infantiles. ¿Qué es lo siguiente, ahogar gusanitos en el fondo? Eso puedes hacerlo en tu casa, si quieres.
- No me digas. ¿Y qué más? – prosigue su desafío.
- ¿Qué más? Pues que llamo a mis clientes como me da la gaga ga… -he vuelto trabarme-.
- Yo diría que no sabes hablar. – ha soltado, otra vez, la diva.
- ¡...como me da la gana, Gagá! – por fin he escupido la frasecita, esta tipa me pone muy nervioso-.
- Mire, he venido a buscar su consejo, no a que me enseñe modales.
- En ese caso, puede salir de mi despacho. Y llévese de mi vista esa guarrada dulzona que se ha echado en la copa. En este despacho, la Coca Cola, la Fanta y el zumo de piña, se mezclan con Wisky, con Ron, con Vodka o se toman en solitario. No se combinan entre sí como en el comedor de un colegio.
- Cuando mi manager me recomendó venir a su negocio no me dijo que era tan poco receptivo con el arte de los demás.
- ¿Qué arte? – he preguntado, asombrado.
- El mío. Mira, mi vida es la provocación. La provocación es mi arte y mi vida. Si no lo entiendes no perderé más el tiempo contigo.
La maceta se ha levantado, ha recogido sus flores y pelos de colores, se ha colocado el antifaz rebosante de purpurina y ha enfilado la puerta.
- Oiga, Gagá. Seré breve. No sé muy bien por qué mantengo abierta esta consulta. Se supone que mi entorno cree que puedo aportar algo bueno a los artistas que se han hecho millonarios en dos días y han comenzado a perder la cabeza. No soy psiquiatra ni lo pretendo. No hago esto por dinero, porque seguramente tengo más dinero que usted y cuatro o cinco maceteros como usted juntitos.
- Oye, querido. ¿Quién ha venido a hacer consulta con quien? ¿Me estás contando tus penas? –ha vuelto a desafiarme, agotando mi paciencia.
- Mira, Macetitas. Lárgate de mi consulta. Si tu manager quiere volver a traerte por aquí, ten en cuenta dos cosas: lo primero, si vienes contra tu voluntad puedes ahorrarte el viaje porque no te atenderé. Que sea decisión tuya, no de tu manager. Y lo segundo: tampoco te atenderé si vienes disfrazada de maceta, de rascacielos, ni de OVNI. Vístete normal, como si fueras al funeral de tu mascota y entonces, con mucho gusto, charlaremos. No tengo ganas de perder el tiempo con caricaturas, yo trabajo con personas, no con personajes. ¿Entendido? Suerte, Gagá.
- Deberías cuidar ese carácter si quieres conservar clientes. –ha soltado, desde el umbral-.
- No quiero conservar clientes. –he respondido, aún malhumorado.
Y se ha marchado. Jazmín considera que he sido demasiado duro. Y borde. Sobre todo borde. Me ha sacado de quicio. Le he preguntado a Jazmín si alguna vez ha tratado de mantener una conversación con un macetero. Y se ha encogido de hombros. Empieza a molestarme el gestito.
- Ya has oído, Jazmín. Si vuelve, que sea sin maceta.
- De acuerdo, jefe – ha respondido sonriente, y ha salido del despacho canturreando el último single de Gagá.
***
Al salir de la oficina, el runrún en la cabeza: ¿me habré pasado con la pobre Macetas? La cosa es que no tengo ni idea de quién es. Gagá. Jazmín la conoce, claro. Todo el mundo la conoce. Gagá. Ni idea. Buscaré en YouTube.
Itxu Díaz es director de El Confidencial Musical.
* José Mateos es un personaje de ficción creado por Itxu Díaz para la novela cómica “Ganador Perdido. Aventuras de una ex estrella del rock”. Argumento: “El cantante de éxito del momento acaba de decidir abandonar la música, la fama y la gran ciudad para dedicarse a la sosegada vida del campo. Es millonario, famoso, joven, audaz, engreído, elitista y… retirado. En Ganador Perdido, tras un incidente casual, un grupo de periodistas trata de implicarlo en los delitos de una banda de asesinos, por lo que su imagen, ahora muy deteriorada, volverá a llenar periódicos y revistas. Una alocada y divertida trama de la que intentará salir para regresar a su pacífico retiro”. >