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El ingrato oficio de ser "cancionista" en España
J. Carlos Suárez. 14/12/2009
“Cantautor” y “Cancionista” son dos palabras que a menudo se suelen interpretar como sinónimos en nuestro país. Si bien es cierto que ambos términos definen, por lo general, a aquel artista que compone y canta sus propias canciones, en los últimos años han aparecido ejemplos que nos hacen comprobar que se trata de dos conceptos que presentan diferencias musicales notables e inequívocas.
La principal y más notable es la temática de los textos de las composiciones: mientras que los “cantautores” hacen prevalecer un mensaje crítico, político o social como eje de la canción, los “cancionistas” buscan cada vez más alejarse de ese patrón compositivo, y centran sus textos en los aspectos más cotidianos o personales del ser humano, a veces incluso rozando la poesía, pero muy raras veces centrándose en asuntos políticos.
A finales de los años 60 surgieron en España una serie de compositores, también autores de sus temas, que dieron auge a la llamada “canción protesta” española. Una revolución para la España franquista que, sin embargo, no era novedad en otros países vecinos (en Francia ya existía con los llamados “Chateurs à textes”: Brassens, Brel, Ferre o Aznavour). En Latinoamérica la idea de este tipo de canción ya era antigua, con autores como Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara o Violeta y Ángel Parra; con la revolución cubana en pleno auge habían surgido autores como Silvio Rodríguez y la Nueva Troba que sonaban con fuerza en los círculos más progres españoles. Estados Unidos, por su parte, contaba con una larga tradición de cantautores, porque décadas antes Pete Seeger y Woody Guthrie habían abierto un campo cuyo testigo había recogido Bob Dylan en esta década.
Con estos antecedentes nació en Cataluña la “Nova Canço catalana”, con Mª del Mar Bonet, Lluís Llac, Raimon y Joan Manuel Serrat como máximos exponentes, que supuso una auténtica revolución cultural en España, y que obtuvo un gran éxito de público y crítica. Surgieron desde entonces cientos de cantautores a lo largo de las décadas de los 60 y 70 (los años 80 fueron un declive para ellos, con la nueva ola madrileña y la movida en pleno auge, aunque la aparición de Sabina y Javier Krahe resultó fundamental), con un repunte en los 90 (Ismael Serrano, Rosana, Pedro Guerra, Javier Álvarez).
Pero a finales de esa década algo había cambiado: los solistas que eran autores de sus canciones se acercaban cada vez más a los temas cotidianos y mundanos, y rara vez rozaban los temas políticos (Quique González, Jorge Drexler, Carlos Goñi).
Una novedad que se ha convertido en constante habitual en España en esta década que ahora llega a su fin: los artistas que antes estaban en bandas o grupos (Diego Vasallo y Mikel Erentxun, José Ignacio Lapido, Iván Ferreiro, Jaime Urrutia, Nacho Vegas, Bunbury) y las nuevas hornadas de autores españoles (Manuel Tarancón, Pablo Moro, Rebeca Jiménez, Gastelo, Xoel Vegas, Alfredo González) siguen esta patrón compositivo.
Y la verdad, tiene mérito, mucho mérito. En un país en el que lo que triunfa es la radiofórmula y la música de consumo rápido e instantáneo, somos muchos los que agradecemos la valentía de estos “artesanos de canciones”, injustamente relegados a un segundo plano mediático (que no de público y seguidores).
Además, los problemas a los que debe enfrentarse un “cancionista” en nuestro peculiar país son abundantes y de todos los colores: a la poca difusión de su trabajo, debe sumarse la dificultad para mantener una banda estable (aunque eso no les frena a ninguno: recordemos la estupenda gira “a pelo” de Quique González, acertadamente titulada “Peleando a la contra”, o la reciente “Cara B” del oscarizado Jorge Drexler), la incapacidad de encontrar un sello que te apoye (Quique ha pasado ya por ¡cuatro! sellos distintos, llegando incluso a la autoedición de dos de sus obras), los escasos ingresos de conciertos y discos… (aunque bien es cierto que este tipo de artista cuenta con un público fiel y fanático que abarrota sus conciertos y acude fielmente a la tienda cada vez que publican algo).
Todos estos problemas les alejan del estatus de superstar que alcanzaron cantautores de otras décadas (seamos sinceros: con la caótica situación del panorama musical español, es muy difícil que uno de ellos logre el estatus económico y social que en su día alcanzaron Serrat, Sabina, Víctor Manuel o Aute). Y sin embargo, todos siguen en la brecha, paso a paso, publicando obras de todo tipo (caso digno de alabar es el de Nacho Vegas, que ha editado desde singles a discos dobles, pasando por Ep´s y trabajos a medias con otros autores); realizando actuaciones en todo tipo de lugares (cuando muchas ciudades de nuestra geografía apenas cuentan con salas de conciertos debidamente acondicionadas) y ganándose el pan sin dejarse por el camino la honradez y la coherencia artística.
España es un país muy poco dado a los reconocimientos y las felicitaciones, es cierto. Pero quizá debiésemos hacérnoslo mirar y reflexionar un poco sobre la ingrata labor que es ser cancionista en un país en el que la música ocupa un lugar secundario o terciario en la cultura. Yo, por mi parte, lo tengo muy claro: sin todos ellos no sería la persona que soy hoy en día, porque, de alguna forma, han sido la banda sonora de mi vida y espero que lo sigan siendo en el futuro.
J. Carlos Suárez es Licenciado en Historia y Ciencias de la Música (Musicología) por la Universidad de Oviedo y actualmente trabaja como profesor de música de Enseñanza Secundaria Obligatoria en León.
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