Las aventuras "confidenciales" de José Mateos*, ex estrella del rock.
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Vuelvo del verano con el ánimo en pié. Tres meses de vacaciones no los tiene cualquiera. Lo siento por cualquiera. Yo no nací para ser cualquiera. Nacía para ser estrella del rock. Y lo fui. Pero, por fortuna, me aburrí pronto de ese odioso tobogán. Por eso desde entonces vivo del cuento. Aunque el cuento del que vivo últimamente –esto de ser asesor personal de las grandes estrellas del espectáculo del mundo- me da bastante trabajo. Pero no imaginan lo feliz que trabaja uno teniendo tanto dinero en el banco. Se trabaja con otro swing, por decirlo melódicamente. Con otro pop, por decirlo musicalmente de nuevo. Pero incluso los archimillonarios y famosillos tenemos que regresar al trabajo. Septiembre no perdona. Por eso esta mañana he silbado todo el camino que separa mi casa de la consulta. El sol de septiembre es indulgente. Silbo y canturreo alguna canción inexistente, como en los mejores lunes. No esperaba ningún contratiempo esta vez. Después de tres meses de vacaciones, todo debía ser perfecto. O no.
Al entrar en la consulta he notado un terrible olor procedente de la papelera de mi mesa. Una monda de plátano ennegrecida y barbuda es pasto de todo tipo de insectos. Cada cual más feo y grimoso que el anterior. Al agacharme y ponerme en cuclillas para recoger la papelera, tapándome con una mano la nariz, mis ojos se han topado frente a frente con una notita pegada al interior de la mesa, como un “post-it” de fabricación artesanal:
“A fecha 25 de junio de 2009. 03:30 de la madrugada.
Querido sobrino. No quería dejar de agradecerte todo lo que has hecho por mi en el día de hoy. Sé que te encanta el plátano. Lo he puesto en la papelera para que te lo encuentros fresquito en septiembre. Te adora y te abraza,
Tu tío Rodolfo”.
Rodolfo no es mi tío. O sí. O en todo caso: no debería serlo. Sólo un error de la biología ha podido emparentarme con semejante sinvergüenza. Me la ha vuelto a jugar. Todo viene de antes del verano. Lo recordarán porque se lo conté no hace tanto: el pasado 25 de junio por fin logré salir airoso de una aventura con Rodolfo, resultando él –por una vez- humillado, vacilado y hasta desmayado. Esto último me llenó de un gozo especial, por lo anecdótico que aporta a tan memorable hazaña. Pero debí recordar que mi supuesto tío, antes que ser supuesto tío, es el rencor. El rencor en persona. De ahí, la monda, el plátano y este espantoso olor que inunda mi oficina. Maldito Rodolfo.
Me he deshecho de tan desagradable regalo y he ventilado toda la consulta. El olor, putrefacto y penetrante, no sale, ni entra. No se crea, ni se destruye. Lamentablemente, tampoco se transforma. No se mueve. Es como si permaneciera aferrado a las patas de mi silla, a las ruedas de mi mesita auxiliar, a mis discos de oro y diplomas varios que cuelgan en las paredes. Pero da igual. Tal vez si logro concentrarme en otra cosa se me olvide esta peste. Así que me he sentado en la silla, he puesto lo pies encima de la mesa y he tratado de centrarme y sentar las bases para un nuevo año de trabajo en mi consulta de estrellas de la música.
Últimamente me falla mucho la memoria, así que me he dirigido al ordenador de sobremesa en busca de las fichas de mis clientes, para conocer el estado de cada uno de ellos, y los resultados de sus últimas visitas por la consulta. Las manos hacia el teclado, las muñecas apoyadas en el borde de la mesa y los ojos entrecerrados, por la rutina del gesto, mirando hacia otro ángulo. De pronto me he visto tecleando en el aire. Bailando con los deditos como un idiota. El ordenador ha desaparecido. No lo he notado hasta que no ha llegado el momento de utilizarlo.
He levantado la vista y faltan más cosas: todos los portátiles. Puedo perdonar que se lleven los ordenadores. Puedo tolerar que se lleven el sillón. Puedo tolerar que, en el colmo del mal gusto, se hayan llevado esas horribles piedras de plástico que simulan una cascada y que puso Rodolfo para decorar –es un decir- la esquina. Puedo tolerar todo, menos que se hayan llevado las botellas de ron caro. Viajar a Cuba es tarea imposible para alguien como yo. Por eso en cada una de estas botellas exclusivas está impresa la huella de un regalo de los que nunca se olvidan, la sombra de una historia de valor y amistad. Cubanos de corazón que han arriesgado su vida para salir de la cárcel en que viven y han tenido el detalle de traerse unas botellitas para su amigo español. ¡Y estos ladrones sin corazón se las han llevado!
***
El curso no puede empezar peor en esta consulta de famosos. La peste del rencoroso plátano de Rodolfo lo invade todo. Y más aún ahora que tiene sitio y sitio para invadir lo que quiera. De milagro me han dejado mi mesa y mi silla. Voy a despedir a todas las compañías de alarmas con las que he contratado seguridad. Voy a despedir a todo el equipo de asistencia y seguridad de Rodolfo. Voy a… voy a despedirme.
Yo me he levantado del asiento pero mi ánimo se ha quedado ahí, desparramado en el suelo del despacho. Al cerrar la puerta ni me han entrado ganas de llamar a Rodolfo para pedirle explicaciones. Mañana lo llamaré y trataré de ser conciliador. Necesito que llame a la policía y encuentre a estos chorizos. El robo del ordenador me da igual. Su gamberrada platanera la pasaré por alto. Pero las botellitas cubanas no se las perdono a nadie. Ni de broma. Hay que perseguir a estos tipos, detenerlos y meterlos en la cárcel. Siempre y cuando devuelvan antes las botellas. De lo contrario, de manera temporal y tal vez excepcional, podría hacerme partidario de la aplicación de toda clase de torturas a estos prisioneros. Robar ron añejo cubano, tan añejo y tan exclusivo, es un delito que supera holgadamente cualquier barbaridad que ya se encuentre tipificada en nuestra legislación. Así que no me hagan pensar qué es lo que merecerían esta panda de rateros si no aparecen las botellitas de ron. No me hagan pensar. No me busquen.
Itxu Díaz es director de El Confidencial Musical.
* José Mateos es un personaje de ficción creado por Itxu Díaz para la novela cómica “Ganador Perdido. Aventuras de una ex estrella del rock”. Argumento: “El cantante de éxito del momento acaba de decidir abandonar la música, la fama y la gran ciudad para dedicarse a la sosegada vida del campo. Es millonario, famoso, joven, audaz, engreído, elitista y… retirado. En Ganador Perdido, tras un incidente casual, un grupo de periodistas trata de implicarlo en los delitos de una banda de asesinos, por lo que su imagen, ahora muy deteriorada, volverá a llenar periódicos y revistas. Una alocada y divertida trama de la que intentará salir para regresar a su pacífico retiro”. >