Las aventuras "confidenciales" de José Mateos*, ex estrella del rock.
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He sentido el aguijón de la nostalgia y he cancelado todas las citas de la semana en la consulta. Si alguien necesita ayuda de un consultor hoy, soy yo, y no ese loco que dice haber sido abducido por Espinete. El fin de semana vino cargado de canciones de ayer y los días grises y las sombras tenues se han despertado del fondo del valle y se han recostado sobre la semana. Me ha venido a la mente el recuerdo de Raquel y de otro tiempo mejor. He pensado en la montaña asturiana, en la Playa del Silencio y en el brillo de sus ojos y se han empañado los míos.
Me he escapado a la sierra a perderme entre todos estos secarrales. La diferencia entre esta naturaleza muerta que me abrasa, y la vida que desprende la montaña que mira al Cantábrico se palpa y se huele en el verde de cada una de sus hojas, de cada uno de sus árboles.
En lo alto de una de esas montañas que se pierden casi detrás del cielo me ha podido el vértigo y he sucumbido al mareo de la nostalgia. He viajado primero a una infancia sin identidades, sin nada demasiado importante de lo que arrepentirse, sin ninguna lágrima que olvidar. No fue la infancia lo mejor, he concluido. Después he viajado a una adolescencia eléctrica, llena de ambiciones y trenes sin destino. No fue la adolescencia lo mejor, he concluido también. Después me he dejado llevar hasta la primera cuesta arriba de la juventud, cuando el estrellato y la fama ocupaban cada uno de mis segundos y he comenzado a sudar al recordar la angustia de carecer de vida privada. No es que haya olvidado los aplausos y la emoción. Es sólo que he recordado que era imposible tomar un café sin dar explicaciones a algún desconocido. Por último, he llegado a orillas de los pastos que transito ahora, a la etapa de la filosofía, de la calma, de los nuevos proyectos con el bandido de Rodolfo, y he recuperado por un instante el brillo de la felicidad. Pero el vértigo ha soplado de nuevo y la melancolía ha vuelto a golpearme.
No siempre es fácil curar la enfermedad del amor. El olvido fácil en la distancia es la mentira más grande de la historia de la humanidad. Todo el mundo sabe que la distancia agudiza el recuerdo e impide el olvido. Hasta que llega. Pero siempre llega tarde. A mí aún no me ha llegado. Muchos de mis mejores momentos viajan en el mismo tren en el que viaja Raquel, hacia algún lugar lejano. Allí morirán. Entonces la distancia será sólo un pozo por el que caer. Tal vez para reciclarse, tal vez para partirse la crisma al fondo. Menos mal que el amor puede más que la vida. Y la vida es más corta que el amor. Por eso no creo en los pozos sin salida. Algo he aprendido, a fin de cuentas.
Así, tontamente, he comenzado a escribir unos versos a la memoria de Raquel.
***
Tan entretenido con mis tragedias cotidianas he olvidado la hora y se ha hecho de noche. La sierra a oscuras se vuelve siniestra, llena de falsos monstruos grises y fantasmas que a la luz del día serían sólo árboles y matorrales. O eso prefiero pensar, mientras me castañean los dientes. Y encima, ha empezado a tronar. Las tormentas aquí en lo alto estallan sin avisar y son especialmente peligrosas. A nadie se le escapa que cuando no hay pararrayos, un imbécil deprimido ubicado en vertical en el pico de un monte es un blanco perfecto para una tormenta sin sentimientos. Casi todas las tormentas carecen de sentimientos.
He lanzado montaña abajo la poesía que le estaba escribiendo a Raquel. Si me parte un rayo y Raquel viene a recoger mis restos, al menos que no encuentre esta horrible cursilada que estaba perpetrando en su honor. Siempre sucede lo mismo con la poesía: ¿dónde termina lo sutil, lo bonito, y dónde empieza la feria? Todo lo que firmo hoy podría parecer sutil, pero mañana... sé que mañana me recordará a un poema de amor, dulzón y saltarín, firmado a medias por Camilo Sexto y King África.
Supongo que lograré salvar el pellejo. La tormenta ha empezado a llevarse mi tristeza montaña abajo, pero ya no corro el riesgo de que me lleve a mí también. Hoy al menos. En el descenso me he torcido un pie y he tenido que pedir auxilio en una pequeña posada que hay casi llegando a la parte baja de la montaña. Me ha atendido una señora muy amable que, como en esas películas antiguas, me ha sentado a su mesa con su marido, sus hijos, su familia, y me ha dado de comer como si fuera uno más. Después me ha cedido una de las habitaciones de la posada.
Me he dado una ducha reconstituyente que se ha convertido en una divertida aventura después de que un rayo de grandes dimensiones reventase el sistema eléctrico de la posada. A oscuras, y ya en cama, yo y mi tristeza nos hemos ido curando del cansancio y el hartazgo. Entre el tacto de las sábanas acartonadas, regadas con aroma de pino, ha empezado el vaivén entre la ficción y la realidad, al borde del espejismo. En la montaña ha seguido tronando. Con un pie aquí y otro allá, me ha vencido finalmente el recuerdo de los días felices con Raquel. He caído dormido con su sonrisa iluminando cada instante de mi madrugada.
Itxu Díaz es director de El Confidencial Musical
* José Mateos es un personaje de ficción creado por Itxu Díaz para la novela cómica “Ganador Perdido. Aventuras de una ex estrella del rock”. Argumento: “El cantante de éxito del momento acaba de decidir abandonar la música, la fama y la gran ciudad para dedicarse a la sosegada vida del campo. Es millonario, famoso, joven, audaz, engreído, elitista y… retirado. En Ganador Perdido, tras un incidente casual, un grupo de periodistas trata de implicarlo en los delitos de una banda de asesinos, por lo que su imagen, ahora muy deteriorada, volverá a llenar periódicos y revistas. Una alocada y divertida trama de la que intentará salir para regresar a su pacífico retiro”.